El gato y ella

El gato negro abrió los ojos. Despertó asediado por el ruido de las máquinas que funcionaban en una construcción cercana. La luna se reflejaba en sus dilatadas pupilas mientras su cola permanecía inmóvil, sus bigotes se acomodaban a la suave brisa nocturna y su pelaje combinaba con aquella noche primaveral. Se encontraba en el tejado sobre el cual había pasado toda una vida. Su lugar favorito, sin duda alguna.

La periferia de ese techo estaba adornada por numerosos árboles que él usaba como transporte a tierra. Todos los humanos que vivían cerca lo conocían y no se hacían problema de alimentarlo una o diez veces por día. Además, era el sitio perfecto para alejarse de la plaga urbana a la que otros llamaban perros. Estas cualidades convertían a ese tejado en un paraíso para cualquier felino. Empero, el gato tenía un motivo más poderoso para elegir siempre el mismo hogar: una mujer.

Cada vez que el minino levantaba la cabeza hacia la casa del frente, veía una solitaria ventana en el segundo piso de la misma. Ocasionalmente, desde su interior, se filtraba una tenue luz artificial que daba forma a la silueta de su amada. Las noches en las que esa ventana resplandecía eran muy raras, por ende, esa luminiscencia fungía como señal para que el gato supiera que ella estaba ahí. Él intentaba llamarla con largos maullidos pero era inútil. Algunas distancias parecen abismales cuando hablamos de amor.

Esta es la historia de una de esas noches.

Las horas pasaban con lentitud, los minutos discurrían largos y los segundos demoraban una eternidad. Al lado del gato, dos toritos de Pucará iniciaron una de sus interesantes conversaciones que tenían lugar, sin falta, todos los días a partir de las veintisiempre en punto. Ambos tótems, con mucha sabiduría y exactitud, hablaban sobre política, religión, filosofía y varios temas de interés. El minino disfrutaba escuchar esas charlas, silencioso y atento. Sin embargo, en esta ocasión se sentía diferente.

Ni él mismo supo si fue su instinto o un presentimiento externo, pero algo le incitó a moverse de ahí. Sin estar seguro, sintió que su pequeño corazón se inundaba con un raro pesar o tal vez era la monotonía incomodando en su mente. Aparentando estar cansado de escuchar el coloquio de los toritos, se levantó sereno. Estiró sus patitas delanteras, empinó la cola lo más que pudo y se despidió con un largo bostezo. Sin pensarlo dos veces, decidió bajar del tejado y visitar la ventana de su amada.

El gato, emocionado, se dejó manejar por la sensación que lo colmaba, aun siendo algo que lo tenía intranquilo. Muy lejos de sentirse preparado, una mezcla de ansias y miedo empezó a revolotearle como una mariposa en el estómago. Cuando tuvo el panorama frente a él, fijó un sendero con la mirada, caminó elegantemente de teja en teja y dio un salto para alcanzar la rama del árbol más cercano. Descendió por su tronco y llegó hasta la acera. Volvió a mirar hacia la ventana y vio la silueta de ella dibujándose a contraluz. Antes de continuar, soltó un breve ronroneo.

***

Ella estaba concentrada. Incluso cuando el ruido lejano de algunas máquinas era molesto y estresante, podía ignorarlo con facilidad. La habitación en la que se encontraba pertenecía al segundo piso de una casa muy antigua por lo que su pequeña ventana no le ofrecía una vista panorámica de la ciudad. Aun así, disfrutaba el paisaje urbano que tenía a su alcance. Sentada frente a su laptop y con una taza de café como su única compañía, de rato en rato giraba sobre sí misma para abrir la delgada cortina y mirar a través del vidrio. Su poco espacio visual la había acostumbrado a ver dos toritos de Pucará en el tejado del frente. Junto a ellos, cada noche, siempre veía a un gatito negro acurrucado en su compañía. Esta vez no fue así.

***

A esa hora, la calle estaba casi vacía y el ruido de las máquinas se detuvo tan súbitamente que dejó al mundo en un silencio absoluto. El minino caminaba alerta, observando todo a su alrededor. Varios metros a su derecha, una joven pareja se declaraba su amor con un largo abrazo. Al otro lado, un hombre mayor, vestido de saco largo y sombrero, deambulaba con las manos en los bolsillos. Cuando vio que era seguro cruzar el frío asfalto, se lanzó con la mayor rapidez posible. Unos segundos después, sin previo aviso y desde las sombras, una bestia irrumpió en la tranquila escena. Ladrando, un enorme perro corrió a toda velocidad hacia el pequeño animal.

La efímera tranquilidad de la calle se hizo pedazos en un instante. Los ladridos asustaron a las pocas almas que existían cerca. La pareja de jóvenes voltearon de golpe y el hombre mayor giró asustado para ver lo que ocurría. El gato, con el miedo atrincherándose en su cuerpo erizado, salió del estado de shock que le había causado esa desagradable sorpresa y emprendió una carrera infernal en busca de un lugar donde pudiera estar a salvo.

***

Ella escuchó el ruido proveniente de afuera pero no le prestó atención. Sin inmutarse ni cortar su inspiración, siguió escribiendo tranquila.

***

El gato no sabía a dónde ir. Las altas paredes a su alrededor complicaban su huida, los delgados postes de luz no le ofrecían ningún refugio y ya había dejado el árbol demasiado atrás como para volver a treparlo. Mientras el can se acercaba con fiereza, vio entre los muros una reja metálica que se podía cruzar con facilidad. El problema era que tampoco representaría dificultad alguna para su perseguidor. Al no ver otra opción, tomó su única ruta de escape.

El perro estaba a dos metros de su presa cuando esta se ocultó entre las sombras. Dentro de su incontrolable rabia, la siguió hasta atravesar una reja formada por muchas varillas delgadas y ahora solo tenía que avanzar un poco más. Usando su desarrollado sentido del olfato, se guio para encontrar al felino.

El gato se escabulló hasta donde sea que pudiese llegar. Sin mucho camino por recorrer, llegó a esconderse detrás de un rosal ubicado en la esquina más profunda de un pequeño jardín. Ese jardín, protegido por la reja de metal, era adyacente a una casa antigua de gran tamaño que tenía una ventana grande en el primer piso y una pequeña en el segundo. Parecía que nadie había vivido allí en años.

Inmóvil, el minino se refugió en la frondosidad que ese lugar le ofrecía. Durante su huida, notó que una de sus extremidades estaba lastimada. Una de las espinas del rosal le había producido un corte que se traducía en un ardor insoportable. Muy a pesar de ello, ese no era el momento de distraerse. Él sólo quería salir de ahí y buscar a su amada.

El perro, enfurecido con su víctima, olfateaba con rudeza y buscaba el mejor camino para atraparla. A modo de advertencia, lanzó una nueva y potente secuencia de ladridos. El golpe acústico puso nervioso al gato. “Ya me encontró”.

El felino exploró sus posibilidades. Pensó en saltar fuera del arbusto con la mínima posibilidad de que el perro no lo viera, cruzar la reja y escapar. Rápidamente descartó esa idea por la distancia que tendría que recorrer y la cercanía de su cazador. Antes de poder pensar en otra solución, vio que el can ya estaba cerrándole cualquier tipo de salida.

El tiempo se agotaba y decidió que era momento de afrontar el problema cara a cara. Sacó sus garras y las empezó a afilar sobre la tierra, preparándose para atacar. La herida que se había hecho con la espina del rosal se encontraba en su parte posterior, más precisamente en la pata derecha, por lo que intuyó que el salto iba a ser doloroso. Cuando alistaba el impulso, una fuerte luz hizo que sus pupilas se contrajeran al instante.

El perro, que también fue sorprendido por el brillo, giró hacia la enorme ventana para ver lo que ocurría. No pasaron ni tres segundos hasta que, al costado, el sonido de una puerta abriéndose dio paso a una figura humana que salía de la casa. El fiero animal se sintió intimidado. De repente, un bastonazo de gran tamaño y considerable fuerza le cayó en la cabeza.

Aturdida, la bestia se dio media vuelta, quejándose del insoportable dolor. Con el temor fresco a un segundo golpe, dio un salto que cruzó la reja y huyó tan lejos como era posible.

***

“¡Otra vez ese perro de mierda, entrando a mi jardín sólo para cagar en mis rosas!” fue el grito de la anciana que acababa de golpear al perro callejero que se había colado en el frontis de su casa. Mientras ella se quejaba, se escuchó que alguien más se acercaba a la puerta, como bajando unas gradas.

Una bella joven llegó a la entrada. Al ver la escena, preguntó asustada: “¡Abuelita! ¿Qué pasó?”. La vieja mujer le explicó a su nieta el motivo de su exaltación y ella intentó tranquilizarla. Cuando se disponía a volver, notó algo que parecía moverse detrás del rosal. Con una curiosidad casi gatuna, se acercó cautelosa hasta que vio una pequeña sombra.

***

Al verla, el minino no podía creer que se encontraba tan cerca. Todos esos días esperando su silueta por la ventana se resumían a ese momento. Ahora estaba ahí, a pocos centímetros de ella.

Y ella era hermosa. Tenía la piel morena, el cabello oscuro y los ojos más brillantes que ningún hombre o felino hubieran visto jamás. Mirarla fijamente equivalía a un viaje de ida y vuelta por toda la galaxia sin haberse movido un solo milímetro. El gusto del gato por esa mujer superaba lo entendible.

***

Ella seguía esforzándose para ver lo que había detrás del rosal. La luz que salía de la ventana ayudaba pero no era suficiente. Cuando se apoyó en sus rodillas para observar mejor, un pequeño animal salió con timidez. No tardó mucho en darse cuenta que se trataba del gato negro que vivía en el tejado del frente.

“¡Hola bebé! ¿Qué ocurre? ¿Acaso ese perro estaba persiguiéndote?”

El minino quedó totalmente embelesado con su voz. Con tierna suavidad, caminó hasta llegar a su lado e inclinó la cabeza como buscando una caricia. Ella extendió su mano. Apenas sintió el contacto, un sentimiento indescriptible embargó al felino que empezó a ronronear como nunca.

Al tomarlo en su regazo, ella sintió que la parte posterior del animalito emanaba algo húmedo. En ese instante vio la sangre. “¡Pobrecito! Vamos, buscaré algo para curar tu herida”. Dicho esto, se adentró en la casa con él en sus brazos.

Esa fue la última vez en la que el gato negro estuvo en su tejado. La última noche al lado de los toritos de Pucará. A partir de entonces, ellos siempre lo veían con su amada.
Siempre feliz. Siempre a contraluz. Siempre por la misma ventana.

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